Una periodista amiga me invitó
a entrevistar a Eduardo Galeano. Era lunes. A las siete de la mañana
salía el barco hacia Montevideo. En tres horas cruzaríamos el
río para encontrarnos con el autor de Las venas abiertas de América
Latina, El libro de los abrazos y Patas arriba. La cita era en un bar muy
antiguo llamado El Brasilero, todo revestido en madera, con retratos que colgaban
de las paredes, algunos del propio Galeano. Llegamos temprano, recorrimos
las calles de la zona del puerto. Comimos el infaltable chivito al plato uruguayo.
Llegamos al café El Brasilero un rato antes de la cita. A las tres
en punto llegó él, se acercó a la barra y saludó
a las camareras y a los mozos. Cuando se dio vuelta le hicimos una seña,
tímidamente, avisándole que estábamos ahí. Se
acercó y nos saludó. Nos cambiamos a una mesa que daba a la
calle, que es su mesa referida. Enseguida vino el mozo con el pedido. Galeano
apuró el exprimido de naranja, casi sin despegar el sorbete de sus
labios. Empezó la entrevista. Galeano no dejaba de mirar el grabador,
como preocupado. En un momento llegué a decirle que todo estaba bien,
que no se preocupara, que la cinta estaba corriendo bien. Las venas abiertas de América Latina están cumpliendo 35 años. Galeano dice que es un libro con el que se identifica todavía en lo esencial, que el libro no estaba equivocado y que la realidad le dio la razón en lo que el libro de algún modo preguntaba. Si el subdesarrollo es una etapa en el camino del desarrollo o es una consecuencia del desarrollo ajeno, es la pregunta esencial que el libro formula, entonces da datos como para empezar a responderse que no, que un niño y un enano se parecen pero no son lo mismo, que esta no es la infancia del capitalismo sino una suerte de vejez precoz, un producto deforme del desarrollo. No hay ninguna riqueza que sea inocente, y la riqueza de pocos se explica con la pobreza de muchos, y viceversa.
Mientras miraba de reojo, con
la obsesión de controlar que la cinta "La democracia es un sistema
que permite que el pueblo decida su historia, su destino, y eso no se ha realizado
claramente en ningún lado, todavía. Todo lo que se avance en
esa dirección es bueno, pero sin que eso implique el sometimiento a
ninguna norma preestablecida de democracia, que va naciendo a medida que se
va haciendo, y por lo tanto admite diferentes caminos, y en estos últimos
años hay muchos movimientos que han puesto el acento con toda razón
en lo que se llama participación popular, protagonismo democrático,
tratando de extender el concepto de democracia más allá de lo
que sería el derecho de voto una vez cada cuatro años, algo
que es importante, pero la democracia no termina ahí. En algunas cosas
se
Galeano cuenta que cuando escribe las pequeñas historias las va tejiendo, "la palabra texto viene del latín "textum" que significa tejido, o sea que quien escribe, teje. Escribir es tejer. Cuando termino de escribir lo leo en voz alta y la música de las palabras me dice qué es lo que sobra y qué es lo que falta y luego la crítica de Helena, mi mujer, que es implacable, y que es también muy difícil arrancarle un elogio. A veces por error, o por distracción me elogia algo..." Helena sueña muchísimo,
es una máquina de soñar. Entra en la noche como si fuera un
cine. Ella tiene sueños prodigiosos. Y yo lo que hago es robarle los
sueños, porque los sueños míos son horribles, son sueños
mediocres en los que pierdo un avión o tengo que hacer un trámite,
son inconfesables, no puede haber un tipo que tenga sueños tan de mierda
como los míos. En cambio los sueños de Helena son increíbles.
El otro día soñó que estábamos los dos en la cola
de un aeropuerto, donde están las máquinas que controlan los
equipajes, y la máquina exigía controlar la almohada con la
que habías dormido la noche anterior, la pasabas por una cinta y leía
los sueños que habías tenido, la almohada guardaba los sueños
de la última noche. Y Helena cuenta sus sueños en el desayuno
para humillarme cuando empieza el Nos despedimos con un abrazo en la vereda del bar. Caminamos hasta el puerto. Se largó a llover. Los relámpagos se reflejaban en el río. El barco parecía ir más lento que a la ida. Poco a poco nos alejábamos de Montevideo.
|