| Historia
de un entusiasmo
|
Reportaje
a L a u r a R e s t r e p o
por Andrea Stefanoni y Damián Lapunzina -
Fotografías de Pablo Mehanna |
Alguna vez cuando
le preguntaron sobre su país Laura Restrepo respondió:
"Mírennos como un espejo de lo que puede llegar a pasar; mírennos
como un espejo de lo que todavía están a tiempo de cambiar."
Es una de las escritoras más reconocidas en Latinoamérica. Autora
de Historia de una traición, La isla de la pasión, El leopardo
al sol, Dulce compañía, La novia oscura, La multitud errante
y Delirio, novela galardonada con el Premio Alfaguara 2004.
Vivió en Buenos Aires en plena dictadura militar. Pasó sus años
de exilio en México. Fue negociadora de paz entre el gobierno y la
guerrilla M-19 en Colombia.
"A veces me preguntan: ¿usted todavía es marxista? y yo
respondo que sí, hasta que me ganen para el Budismo Zen... ¿Uno
puede dejar de ser y volverse otra cosa? Todavía no conozco nada mejor."
Tuve una infancia
muy feliz, en un núcleo familiar: mi padre, mi madre y mi hermana.
Llena de viajes, muy nómada, siempre estábamos viajando por
todas partes. Mi padre no creía en la educación convencional,
entonces mi madre nos metía en colegios y mi padre nos sacaba. Él
estaba siempre preocupado
por que leyéramos, por que conociéramos los museos, los conciertos...
fue una infancia muy libre y muy feliz.
Estudié
filosofía y letras, hice un pos grado en ciencias políticas
y
simultáneamente entré a dar clases de literatura como maestra
de escuela. Empecé chiquita, a los 17 años, la mayoría
de mis alumnos eran más grandes que yo, y también de otra clase
social y a través de mis alumnos entré en contacto con la izquierda.
Más tarde empecé a dar clases en la Universidad Nacional de
Colombia, un sitio muy politizado, era la época de la revolución
cubana, Mayo del 68', el movimiento campesino en Colombia, era casi ineludible
entrar en esa euforia... el boom latinoamericano, muy ligado a todos estos
procesos de renovación social. Ahí entré al trotskysmo.
Al principio no tenía mucha idea, me metí porque uno de los
dirigentes estaba leyendo En busca del tiempo perdido (Marcel Proust) y me
pareció que ése era mi sitio. No fue un mal criterio para elegir...
(Risas)
Era un ala muy ligada a la Argentina desde entonces porque mi sector de trotskos
eran los trotskos argentinos.
La consigna, lo que llamábamos la proletarización era ir a vivir
a lugares populares, trabajar en fábricas, y era algo muy apasionante
porque con lo partimentadas que son nuestras ciudades, era como entrar a conocer
un sector de la realidad ajeno a ti. Nos apasionaba. Todos nuestros novios
eran de otras clases sociales y recorríamos una ciudad que ni siquiera
habíamos visto físicamente.
Los partidos políticos de izquierda empezaron a crear un vínculo
entre mundos que hasta entonces quizá nunca se habían encontrado.
Entonces, como éramos trotskos teníamos que hacer la revolución
en todas partes, y no contentos con no poder hacerla en Colombia pasamos a
no hacerla en otros lados...
El primer sitio
al que me mandaron fue España. Era un momento
extraordinario, estaba recién caído Franco, era la época
de la apertura, ahí entré al Psoe (Partido Socialista Obrero
Español), éramos como una fracción de izquierda, éramos
la oposición, y eso nos dio cierta audiencia allá. Llegué
a ser Secretaria General de una de las Casas del Pueblo que era donde se agrupaban
las bases del Psoe, en un barrio obrero llamado
Ciudad Lineal y participé de toda la euforia de la apertura, de las
manifestaciones de millones de personas, todo el proceso de reconstrucción
de la democracia. Estando allá empezó el proceso en Nicaragua
y nos metimos de cabeza en eso
y formamos una agrupación que se llamó la Brigada Simón
Bolívar, con militantes de todas partes, un poco siguiendo la tradición
de las brigadas internacionalistas de la Guerra Civil Española que
se fueron para Nicaragua.
Me alisté y empecé el entrenamiento, pero se necesitaban también
personas que ayudaran a reclutar, entre ellos médicos, había
mucha urgencia en Nicaragua de médicos y enfermeras. Algunos se fueron
para allá, y entre los otros se repartieron las tareas, se necesitaba
a alguien que viniera a la Argentina a reclutar médicos y enfermeras
para Nicaragua, entonces me
alisté y vine Aquí me encontré con la gente del Partido
que estaba en la clandestinidad, lo de aquí era un trabajo antidictatorial,
con un periódico clandestino, con reuniones donde se informaba sobre
los desaparecidos, sobre los presos
políticos, sobre las campañas que se estaban haciendo en el
exterior sobre la dictadura. Estuve en la Argentina cuatro años, tres
en Buenos Aires y uno en Córdoba. Años muy intensos y muy felices,
porque, primero, pese al sobresalto de la situación, nunca me pasó
nada, supongo que no hubiera sido tan feliz si me hubiera pasado algo. Y segundo,
porque fue una época de
contacto muy estrecho con la gente, se creaban unos lazos solidarios de una
calidad que posiblemente en otras épocas no se podrán volver
a vivir.
En Córdoba
nació mi hijo, Pedro, de padre argentino. En Buenos Aires ya se vivía
una situación más fácil en la medida en que la criminalidad
de la dictadura no era tan evidente, pero en Córdoba seguía
siendo muy duro, una situación brava. Y sin embargo esos años
cordobeses fueron muy lindos también pese a la etiqueta de sectarios
que hemos tenido siempre los
trotskystas Lo que hacíamos era juntarnos a comer asaditos los domingos
con peronistas, a los que jamás convencíamos ni intentábamos
convencer, pero lo que nos unía a todos era el discurso democrático
y antidictatorial, apoyábamos a las Madres de Plaza de Mayo. También
aquí trabajé con estibadores de los muelles, por eso ahora me
hace gracia ir a cenar a Puerto Madero, porque cuando yo iba eso era un botadero
de cables, de fierros, de grúas... y en ese entonces con los pocos
estibadores que quedaban en el puerto hacíamos reuniones. También
trabajé con obreros de las galletitas, fue un bonito contacto entre
el pueblo y la ciudad. Ahora, en estos días les pedí que me
lleven a Bagley, que está cerrada, y a esas zonas de Barracas y de
Pompeya que eran mis territorios. Hoy, parte del
placer de estar en Buenos Aires es que yo venía con mi padre cuando
era adolescente, él era muy aficionado al teatro y al tango, y veníamos
a esta zona de la ciudad, al Hotel Alvear, que a él le encantaba, pero
creo que en mis épocas de militancia ni pisé por acá.
Era otra la ciudad que habitábamos, y otro el panorama humano, geográfico,
todo... Entonces es interesante para mi volver y tratar de recorrer la ciudad
completa porque
en aquella época mi visión era muy fragmentada.
Me fui de aquí
cuando el niño tenía dos años y medio. En muy buena medida
porque aquel miedo que nunca sentíamos antes del niño, empezamos
a sentirlo. Era una pesadilla. A los dos meses ya estaba en guardería
porque yo militaba, pero la idea de que llegaran las cinco de la tarde y que
ni el padre ni yo pudiéramos recogerlo se empezó a transformar
en una
preocupación muy grande. Así que nos fuimos para Colombia, ya
en ese tiempo el Partido se estaba desmoronando, coincidiendo con una época
en que todos los partidos de izquierda se vinieron muy abajo, con la crisis
también desde todo ese mundoque aspiraba al socialismo. Entonces me
metí en el periodismo, oficio que siempre había practicado en
la izquierda, porque donde yo llegaba me metían a trabajar en los boletines,
en los pasquines, en los periódicos clandestinos, en los legales...
Así que allá entré por primera vez en una publicación
que se llama Semana, una revista nueva, el director, Felipe López,
hijo de presidente, nieto de presidente, tenía la teoría que
quería hacer una revista de derecha con gente de izquierda. Ahí
nos divertíamos mucho, las discusiones eran a muerte, para mi fue muy
enriquecedor, es como que uno maneja preconceptos y era el momento de ponerlos
a prueba, no es que yo cambiara mi manera de pensar, siempre la defendí
y la defiendo todavía, pero sí como periodista tu tenías
que rendir cuentas por lo que decías entonces sí hubo un enriquecimiento
grande de las perspectivas. Luego la revista se puso muy de moda y los que
trabajábamos ahí nos volvimos un poco figuritas y empecé
a hacer carrera como periodista estrella dentro de un mundo en el que, por
ejemplo, almorzábamos con el presidente, cenábamos con los ministros,
y a mi me empezó como a gustar todo eso, hoy lo miro desde otro lado.
Yo era la encargada de la sección de política nacional en esta
revista y entonces la guerrilla empezó a pedir (en ese momento era
M -19) una guerrilla muy popular, muy simpática, mucho más de
propaganda armada que de hechos atroces, a diferencia de la de hoy que es
una guerrilla muy fiera, muy antipática.
En ese tiempo la guerrilla empieza a exigir negociación y el presidente
Belisario Betancur acepta la propuesta y se abre un proceso de negociación.
Se necesitaban mediadores, entonces nombran una Comisión de Paz conformada
por gente que tuviera el visto bueno tanto del gobierno como de la guerrilla.
Yo nunca había tenido que ver con la guerrilla, porque inclusive como
trotskos teníamos todo un credo muy contrario a la lucha armada. Si
bien yo nunca había tenido que ver con ellos, la comisión tenía
que ir a los campamentos de la guerrilla, mediar, llevábamos y traíamos
razones buscando los términos posibles de un acuerdo, y ahí
me apasioné mucho con eso. Cada encuentro con la guerrilla era un bombardeo,
era un tiroteo, era una cosa tremenda porque había muchos militares
en contra del proceso de paz, que era el primero que se intentaba en América
Latina, entonces nos seguían a los comisionados para caerle a la guerrilla
y todo terminaba siempre en unas situaciones muy explosivas, y eso lo fue
volviendo crítico, pero al mismo tiempo el país empezó
a acompañar a la guerrilla en su discurso de paz. Resultaba como muy
deslumbrante que fueran unos muchachos armados los que ofrecieran deponer
las armas y hacer que el país comenzara a vivir una situación
de paz que no había conocido nunca.
Los del M -19 en ese momento dijeron una cosa que se cumplió, una cosa
tremenda pero que ellos tenían clara, dijeron: "Los muertos de
la paz los ponemos nosotros". Y así fue, cada vez que alguien
entregaba las armas y que se acogía a la amnistía que daba el
presidente lo asesinaban, y eso para los comisionados de paz comenzó
a ser muy complicado, se empezó a restringir el espacio, porque desde
luego la primera medida que tomaron fue romper el puente, hacer que las cosas
volvieran a la situación de siempre, en una guerrilla aislada, en la
selva, y una población acéfala políticamente. Además
también empecé a estar en listas de gente que iban asesinando
y a verme en situaciones muy delicadas. Finalmente la tregua se
rompió porque esta que llamaban la Comisión de dialogo, que
era un grupo de guerrilleros que estaban ya actuando en la legalidad, sin
armas, con intermediarios, estaban desayunando en una cafetería en
la ciudad de Cali y les hacen estallar una granada y ahí estaba el
que era en ese momento el principal dirigente del M -19, Antonio Navarro,
y le vuelan una pierna, todos quedan muy malheridos.
A partir
de ahí la represión contra todos los que habíamos tenido
algo que ver con el proceso de paz se volvió insoportable y en determinado
momento a mi me convocó la dirección del M -19, con quienes
ya venía trabajando estrechamente y me dijeron: "te tienes que
ir, no puedes volver a tu casa. Tú decides, o sales de aquí
y te vas para el monte o sales de aquí y te vas para el extranjero".
¿Yo en el monte qué iba a hacer?, si nunca en mi vida había
pegado un tiro... Así que logré hablar con mi madre, hacer que
me llevara a mi niño, mi "argentinito" al aeropuerto y me
alcanzó a llevar una maleta con todos los documentos, los testimonios,
las grabaciones que yo había hecho como comisionada de paz.
| Tenía
el registro de todo lo que había sucedido, y la denuncia también
de cómo la paz había sido sistemáticamente violada
por un sector de los militares, con la anuencia del gobierno que había
ido cediendo porque se estaba quedando muy solo en el propósito. |
 |
Me fui para México.
Allí viví años de exilio, siempre trabajando para el
M -19, haciendo viajes a España, a Centroamérica, a Francia
para intentar que se volviera a abrir un proceso de negociación y ahí
fue cuando escribí este libro, La isla de la pasión (reeditado
en julio /2005 por Editorial Alfaguara) Me daba mucha angustia andar con la
espalda volteada a un país tan fantástico. Entonces después
de dos años de vivir allá sin enterarme de dónde estaba
me dediqué a investigar y a recorrer México y a conseguir esta
historia. Salió publicado al mismo tiempo mi primer libro que fue un
reportaje llamado, al principio, Historia de una traición y luego Historia
de un entusiasmo, sin que yo pudiera ir a Colombia a su lanzamiento, porque
no podía entrar al país. Al principio ni siquiera sabía
si lo publicarían, ya desde el título yo quería que se
supiera que era una denuncia. La guerra colombiana tiene tantas caras y cambia
tanto que los que estaban ya habían pasado de moda y a la gente que
te quería matar ya los habían matado o eran otros los perseguidos,
la cosa es que pude regresar a Colombia y ya era como que la vida de los libros
había quedado clara. La historia de una traición nunca tomé
la decisión de que fuera un libro, lo que sucedió es que a medida
de que se rompía la tregua y eso dejaba de ser una cosa de moda, se
empezó a volver peligroso e incómodo y los medios empezaron
a no publicarme, inclusive la propia revista en la que yo trabajaba, razón
por la cual renuncié. Y por eso salió este libro, porque no
me publicaban en los medios.
¿Por qué cambiaste traición por entusiasmo?
El título lo cambié doce años después. Ese libro
se vendió como pan caliente en Colombia, ninguno de mis libros posteriores
han vendido tanto en Colombia. Era un libro que circulaba de mano en mano
como una especie de contrainformación de lo que nunca se había
dicho, de cómo habían sido todos esos crímenes, quien
los había propiciado, cómo se habían roto realmente las
negociaciones. Doce años más tarde cuando planteó Editorial
Norma una reedición, lo volví a leer y caí en cuenta
de que pese a que se había terminado con un baño de sangre y
con la muerte de casi todos mis amigos y de la gente que había sido
tan entrañable para mi, que yo también había pasado mi
pequeña cuota con seis años de exilio, y que pese a todo, lo
que quedaba era la memoria de esos días gloriosos que se habían
vivido y por fin el pueblo colombiano parecía tener un encuentro con
la paz y abrir un camino hacia una posibilidad de futuro. En esos doce años
se habían abierto procesos de negociación y de paz en casi toda
América Latina, en El Salvador, en Guatemala, en México, en
la propia Colombia ese proceso había dado lugar a que se abrieran otros
que si bien tarde o temprano también fracasaron, de alguna manera fue
imponiendo una especie de noción generalizada de que la vía
única posible era la paz, hasta ahora, porque este presidente tremendo
que tenemos que está otra vez empecinado en ganar la guerra, con un
costo de valor altísimo para la población civil y con una carta
a los paramilitares que nos tomará décadas revertir. Bueno,
me pareció que valía la pena cambiar el título, lo que
quedaba en la memoria y lo que quedaba en el alma era el registro de esos
momentos de entusiasmo colectivo, que ya ustedes sabrán que no los
vive uno tan a menudo, no te lo regala la historia tan fácilmente.Ya
entonces empezó mi trabajo en la escritura siempre ligado a la política.
Cada vez
que hay una propuesta interesante no puedo dejar de oír los cantos
de sirena y me meto. Cuando salió Delirio yo estaba trabajando en la
Secretaría de Cultura de la Alcaldía, porque había ganado
la Alcaldía un viejo compañero mío de izquierda, dirigente
petrolero, que me pidió que lo acompañara y lo hice. De alguna
manera todos los oficios, el de maestra, el de periodista, el de la política
y el de los libros para mi siguen siendo la misma cosa, son distintos lenguajes
para llegar a la gente.
¿Cómo fueron tus once años de investigación
para escribir El Leopardo al sol?
Leopardo al sol es la historia de una vendeta entre mafias del Norte de Colombia,
un sitio desierto que se llama La Guajira. Es muy interesante porque en ese
lugar siguen habitando dos tribus que vienen de tiempos precolombinos, y de
alguna manera allá los indios se vuelven contrabandistas, y sobre la
red de contrabando de Marlboro, de electrodomésticos que montan las
tribus empieza la mafia de la marihuana y posteriormente la mafia de la coca,
son los mismos caminos.
Dos de estas familias tenían una vendeta atroz; cada vez que un miembro
varón de la familia contraria cumplía catorce años lo
mataban. La meta era eliminar a todos los miembros varones del clan contrario,
y esto había dado lugar a una historia que los medios iban siguiendo,
y además se habían vuelto dos poderosas familias de narcotraficantes,
y con ese dinero desde luego la magnitud de su guerra iba creciendo. Yo había
hecho varios reportajes sobre este tema y cuando regresé a Colombia
una productora de televisión me propuso que hiciéramos una miniserie.
Así que volví y recorrí y seguí atando cabos,
pero con mucha dificultad por una razón; la mafia colombiana tiene
mucho en común con la mafia siciliana y una de las leyes sicilianas
que rigen también allá es la del silencio, no se cuenta. Entonces
cuáles eran los códigos de honor de esta extrañísima
mafia colombiana arraigada en este pasado precolombino, cuál era su
sentido de la felicidad, a qué aspiraban, qué significaba para
ellos el dinero, cómo era esa mezcla tan extraña de un mundo
precapitalista y postcapitalista que se daba en estas figuras de los primeros
narcotraficantes colombianos. Tardabas años en entender las pequeñas
piezas del rompecabezas que nadie te quería contar. La miniserie se
hizo, que fue la base de la novela que apareció posteriormente. La
historia fue algo divertida cuando las familias se enteraron. Una de las familias
se quedó en la marihuana y otra se pasó a la cocaína
y desde luego la que empezó a ganar la guerra fue la de la cocaína
que se enriqueció muchísimo más y empezó a derrotar
a la otra y a acorralarla. La de la marihuana fue la que mantuvo los códigos
de honor más indígenas y la que se fue quedando atrás.
Mientras que los otros, los de la cocaína se metieron con el sicariato,
con armamento y tecnología moderna y empezaron a ganar la guerra. Entonces
llamaron a la productora y le hicieron saber que donde llegaran a sacar cualquier
cosa sobre su vida volarían la productora con una bomba. Ellos ya habían
volado periódicos, y era cierto, fue una época en la que nos
despertábamos todas las noches con los estallidos de las bombas que
ponían los narcos, así que la productora inmediatamente deshizo
el negocio. Afortunadamente me quedé con los derechos de autor y me
puse en contacto con el abogado de esta familia y le dije: "sé
de la bomba que iban a poner en la productora, por eso les quiero decir que
voy a escribir una novela y necesito que les avise a los señores, y
también quiero que me digan qué me va a pasar." Yo estaba
muy obsesionada con esta investigación, y me enteré que si bien
la cara más vistosa de la vendeta eran estas familias, en general todas
las familias de la Guajira tenían pleitos de este tipo. Y ya había
recogido muchas historias que enriquecían enormemente el panorama,
entonces lo volví ficción, un poco para eludir cambios de parecer
de parte de estos señores, pero también, básicamente
para poder enriquecer cada personaje de la vida real convirtiéndolo
en una amalgama y volviéndolo así ficción. Así
salió El Leopardo al sol. Como a los ocho días volvió
el hombre y me dijo: "mire, le mandan decir los señores que ellos
por ningún motivo van a querer que sus hijos y sus mujeres se enteren
de su propia historia según la versión que la televisión
quiera mostrar, cosa que ellos no van a permitir, pero que si usted quiere
escribir un libro, puede escribir lo que le de la gana, porque total, los
libros no los lee nadie."
¿Cuáles son tus referentes literarios, ésos
libros que quedaron en tu memoria?
Creo que va por
etapas. De todas maneras pienso que lo que siempre queda más marcado
son los libros de la infancia. En mi caso fueron La Ilíada y La Odisea,
primero en versiones elementales y después ya, como estudiante de filosofía
y letras, en los textos originales griegos que los traducíamos en clase
con mucha pasión. Las Leyendas de Arturo, libros que después
volví a retomar con mi hijo y fueron la vía por la cual él
entró a la literatura. También los libros de mi padre, él
no terminó el colegio y sin embargo era un tipo muy culto, autodidacta,
muy empecinado y muy formado con el auge de toda la cultura norteamericana
de los años cincuenta, Truman Capote... mi padre era uno de esos lectores
que involucraban a los demás en sus lecturas. Y cuando él murió
yo retomé sus libros de cabecera y volví a leerlos con mucha
pasión. En realidad quien siempre quiso que yo escribiera novelas era
él, era un empecinado en eso, y llevaba como frustración que
yo me dedicara a la política, que era algo que a él no le interesaba.
Y en esos libros descubrí una especie de constante que era, lo mismo
que habíamos vivido de niñas bajo su amparo mi hermana y yo,
que era la solidaridad del clan, un clan solidario que atraviesa la adversidad
y que siempre se cierra sobre si mismo, en el respaldo y en el cariño
de los unos y los otros, frente a cualquier adversidad, llámese autoridad,
o violencia... o cualquier otra cosa.Durante
el trotskysmo fue la lectura sistemática del marxismo, leninismo, que
fueron como el pilar de todo lo que después he hecho. Esa formación
en el partido siempre fue como la estantería donde fui poniendo todo
lo demás.A veces me preguntan: ¿usted todavía es marxista?
y yo respondo que sí, hasta que me ganen para el Budismo Zen... ¿Uno
puede dejar de ser y volverse otra cosa? Todavía no conozco nada mejor.Yo
pertenezco a la primera generación de latinoamericanos que creció
fundamentalmente leyendo a latinoamericanos. Ustedes imagínense la
situación nuestra cuando éramos jóvenes y alguien llegaba
y te decía: tengo esto! y te ponía sobre la mesa La ciudad y
los perros, de Mario Vargas Llosa, y al otro día aparecía alguien
con Pedro páramo, de Juan Rulfo, y de verdad vivíamos alucinados.
Recuerdo cuando leía a Vargas Llosa con una tenacidad, desmontándolo
pieza por pieza para ver cómo diablos era que ese hombre escribía
esas novelas, ese sistema de cajas chinas, la pluralidad de voces... Y los
desmenuzábamos con toda premeditación y alevosía para
aprender, para ver cómo era que lo hacían.
Hace poco fuiste muy bien recibida en Trujillo, Perú. Se
dice que estarías escribiendo algo sobre el poeta Cesar Vallejo, ¿qué
hay de cierto en eso?
Vallejo había sido para nosotros un emblema. Salíamos a las
manifestaciones a apoyar las huelgas de los bancarios con pancartas con la
imagen de Vallejo. Vallejo reunía todo, el internacionalismo, la pasión
por la política, y además, un extraordinario poeta. Era todo
un mito, y siempre me llamó mucho la atención escribir su vida.
después, cuando empecé a ir al Perú lo que descubrí
fue la gran pasión de los peruanos por Vallejo, es muy conmovedora.
Creo que en ninguna parten un poeta juega ese papel de cohesión nacional
que irradia Vallejo en el Perú. Vallejo es de lo peruanos como ningún
otro escritor es de su país. Entonces cómo entrar a un tema
tan conocido y tan sentido por ellos. Así que quedó un poco
aplazado el proyecto. Con lo que sí sueño es con escribir algún
día una novela sobre el amor de los peruanos por Vallejo. La cantidad
de historias y la visión que te da el Perú cuando sigues el
hilo de Vallejo es muy seductora. También hice hace cinco años
el peregrinaje al lugar de nacimiento de Vallejo, un pueblito que se llama
Santiago de Chuco, que queda a diez horas de bus desde Trujillo y es un pueblo
absolutamente congelado en el tiempo, donde no llega nadie. No hay muchos
motivos para ir. Salvo los propios habitantes de Santiago de Chuco con quienes
yo viajé, porque cuando se celebran las fiestas del apóstol
de Santiago regresan todos, y hay una peregrinación muy bonita de los
santiaguinos a su lugar de nacimiento. En la plaza de Santiago de Chuco hay
un mural enorme en la alcaldía con la cara del poeta y del otro lado
está la iglesia con el Santiagomatamoros, que es la otra gran figura
del pueblo. Cuando vi la estatuilla dije: "Ay! Santiagomatamoros",
y me dijo un señor que estaba al lado mío: "No, no son
moros, son chilenos! (Risas).
¿Cuál es tu versión del puñetazo de
Mario Vargas Llosa a Gabriel Garía Márquez?
No lo puedo decir
porque creo que tengo la versión real. (Risas)
Bueno, danos la alternativa entonces...
La que sería
deseable es...
transitorias desavenencias entre hermanos... (Risas).
Esa es falsa...
Bueno, me dijiste
que te de la ideal, es muy falsa! pero es la ideal.
¿Cual es el libro que tenés en mente y todavía no
escribiste?
Uy! muchos, yo
soy una máquina para inventarme libros, si fuera tan buena para escribirlos...
Haría como Coelho! (Risas).
El otro día me acompañó Fernando Estévez, de la
editorial, que es un tipo muy encantador a comprar unos cubiertos en San Telmo.
Yo quería unos cubiertos de esos de antes, que eran herramientas de
combate, esos pesados de cobre o no sé qué metal. Los compramos
en un anticuario especializado en cubiertos, y el vendedor comenzó
a mostrarnos las cajas de plata de 454 piezas, armarios completos, y empezó
a contarnos las historias de las cajas de cubiertos, y salí de ahí
alucinada con que iba a escribir un libro. ¿Tu te imaginas la familia
en decadencia, comiéndose su polenta con estos célebres cubiertos
de plata?
|